España, Europa, Hispanoamérica.

Acompañando a España, y mirando con ella, vamos a tratar de un tema apasionante y a la vez decisivo para los españoles; porque la tensión profunda de nuestro ser nacional ante la llamada de Europa y la vocación de Hispanoamérica nos hiere tan a fondo, que la apuesta unilateral por aquella llamada o esta vocación, puede escindirnos, y de hecho nos escinde interiormente y nos desgarra. Sólo un análisis que se atenga a cuanto exige la filosofía política, y la teología de la historia, puede llevarnos a conclusiones ciertas, que permitan conjugar y armonizar el equilibrio entre lo europeo y lo hispanoamericano, de tal modo que ni los Pirineos nos desgajen de Europa, ni el Atlántico nos separe de Hispanoamérica.
El tema nos acucia porque, por un lado, el proyecto Europa, pese a todo, continúa adelante, y, por otro, la situación de Hispanoamérica es tan grave que se la ha podido denominar como un continente al rojo vivo. ¿Qué papel corresponde a España ante aquel proyecto y esta situación?.
Vamos a entrar de lleno en el tema. A tal fin, nos ocuparemos primero de España y Europa y después de España e Hispanoamérica
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España y Europa

La frase "Africa empieza en los Pirineos" es, sin duda, una frase despectiva, pero que encierra una verdad: que España, porción de la Europa continental, es distinta del resto de las naciones europeas. Y es distinta, no sólo en cuanto a los matices accidentales, sino en cuanto a su esencia. Alberto Boixadós distingue entre condición y situación. La condición, en su terminología, es un modo de ser. La situación es, tan sólo, un modo de estar. Diferenciar y no identificar condición y situación es importante a fin de evitar equívocos. Las situaciones son contingentes. La condición es duradera, de tal forma que situaciones -como la presente-, por mucho que duren y nos amarguen, acaban por desaparecer. La condición, instintivamente, se desembaraza de las formas de estar que la presionan y contradicen, toda vez que le resultan no sólo incómodas, sino insoportables.

Para captar mejor y completar la idea es útil contraponer la Tradición y la moda, o como diría el gran pensador, al "yacimiento y al cascote"; Si lo que no responde a la Tradición es plagio que la Tradición rechaza, el progreso, como desarrollo perfectivo, arranca de la Tradición y se vitaliza con ella. De no ser así, el progreso no es auténtico. Es tan sólo cascote, plagio y moda.

En esta línea de pensamiento conviene aproximarnos-acompañando a España y mirando con ella -a otra frase que puede servirnos de guía, y que vuelve a jugar con la frontera del Norte: "Europa empieza en los Pirineos."

A nuestro modo de ver, la interpretación exacta de la frase, que no rectifica, sino que mantiene su enunciación, aunque sí su intencionalidad es la siguiente: la Europa fiel a sí misma empieza al Sur de los Pirineos, porque sólo España, pasando a pie enjuto o batallando doctrinalmente y con las armas, mantuvo intacto el espíritu creador de Europa, combatido, y malherido por el Renacimiento paganizante, por la Reforma luterana y por la revolución atea. Desde la Reconquista a la Cruzada de liberación, España no ha hecho otra cosa que servir de parapeto defensor y alzarse, a la vez, como símbolo de la Cristiandad, es decir, de la fórmula política del cristianismo que hizo posible la cultura europea, y más tarde, a través de la obra de España en América, la cultura occidental.

Todo lo que hizo grande a Europa, lo que Juan Pablo II calificaba como raíces en Santiago de Compostela, es lo único que le puede devolver esa misma grandeza. Ello supone, sin duda, un trauma, el reconocimiento explícito y público de los errores, por no decir pecados, cometidos con la ruptura -a través de la Reforma y de la Revolución- de la fórmula política de la Cristiandad. Pero sólo el reconocimiento humilde de tales errores-pecados es el presupuesto del dolor, del arrepentimiento y del propósito de enmienda, precisos e indispensables para colocar a Europa en un estado colectivo de gracia.

El intento, por lo tanto, de reconstruir Europa sobre postulados puramente económicos, será una auténtica frustración. Equivaldría a modelar un cuerpo sin espíritu, un monigote histórico sin vigencia y sin operatividad, débil hacia el exterior y enzarzado interiormente, como ya está sucediendo, por afanes de hegemonía y la pretensión de enriquecer a algunos países sacrificando sin límites a los demás.

El proyecto Europa, tal y como está en marcha, es fruto de la alianza del capitalismo financiero y del socialismo político -hermanos siameses, en el fondo-, nacidos de una concepción materialista y economicista del hombre y de la sociedad. La derecha clásica -conservadores, liberales, demócratas cristianos- y las familias marxistas, que hoy se abrazan, después de la caída del telón de acero, en la casa común de la izquierda, han sabido rectificar las posiciones de origen y se han asociado para la tarea de construir una Europa laica, en la que algo así como una Sociedad Anónima inmensa y centralista, manejada por los tecnócratas de Bruselas, planifique la producción, y un gigantesco Sindicato, a nivel continental, se encargue de la distribución. El ejemplo podría ser el que nos ha ofrecido el socialismo sueco, con una cota máxima de bienestar y de seguridad y otra cota máxima de locura y de suicidios.

He aquí la razón poderosa que obliga a España como nación a hacer lo posible y lo imposible por hallarse presente en la tarea de reconstruir Europa. Claro es que nos referimos a la España esencial, a la España en condición, a la España tradicional, y no a la España -esperemos que efímera- del momento, que es la España accidental, del plagio, del cascote y de la moda. Si es cierto que en España permanecen las raíces de Europa, que España es, podríamos decir metafóricamente, el resto del pueblo de Yavé, donde aún pervive el brote germinal y genesiaco de la cultura que dio contenido al continente, dos objetivos debieran reclamar la atención obsesivamente de España: el primero, volver a encontrarse consigo misma, reanudar el hilo fiel de su Historia, salvando los baches conocidos de infidelidad o decadencia, que comenzó a orillas del Ebro, al visitar la Señora al apóstol Santiago, fundador de la estirpe espiritual hispánica; y el segundo, movilizarse para que el proyecto Europa, sin abandonar, claro es, sus objetivos materiales, que son también humanos, los coloque -incluso egoístamente- en su debido lugar, como exige la jerarquía de valores, jerarquía que postula la unidad interior, sin la que Europa no puede definirse, por la ausencia de un "yo" personal, al que sustituiría el duro corsé de un haz de intereses, que, por el hecho sólo de serlo, tenderán a enfrentarse.

A la llamada de Europa, España no puede responder ni con la indiferencia ni con la negativa. Su respuesta ante el proyecto social-capitalista en marcha, en el que sólo lo material y económico preocupan debe ser ésta: "Europa sí, pero no así."

Nuestra gran aportación positiva no parte del propósito de europeizarnos, ni tampoco del deseo de españolizar Europa. Creo, con toda sinceridad, que Angel Ganivet dio con la clave: españolizar a España, y españolizarla, devolviéndole su espíritu, apoyándose en su yacimiento, recobrando su fe y su confianza en sí misma, recuperando plenamente su respeto y su amor por los grandes valores que la han conformado en la Historia. Sólo así, España puede ayudar a la reconstrucción de Europa, a europeizar a Europa, en una renovada Cristiandad.

España e Hispanoamérica

Pero España, decíamos, no es una nación como el resto de las naciones europeas. Plantados en el continente, nuestras ramas se extienden por Europa, pero la vocación de trasplante nos sitúa en Hispanoamérica. Los Reyes Católicos dualizaron este hecho significativo y excepcional, en un momento que imprime carácter a la conciencia española. Don Fernando simboliza el binomio España-Europa, Doña Isabel es el arquetipo del otro: España-Hispanoamérica.

La Teología de la Historia nos lleva a contemplar este último binomio desde la trascendencia; y desde la trascendencia, conviene traer a colación a San Lucas y a San Mateo. San Lucas nos recuerda las palabras de Jesús a los discípulos, momentos antes de la Ascensión: "Permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fortaleza de lo alto, (24,49). San Mateo, por su parte, pone en boca del Maestro las siguientes: "Id e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo" (28,19).

Pues bien, España permaneció en el recinto de su propia ciudad, hasta el momento en que, concluida la recuperación del suelo patrio, y como recompensa a su prolongado esfuerzo, recibió la fortaleza de lo alto, para cumplir abnegadamente con la misión de enseñar y de bautizar.

El presentimiento vocacional latía en el alma española, y Seneca, desde su meditación filosófica, había profetizado así: "Vendrá un tiempo en el que la mar océana aflojará sus ligaduras y se abrirá una gran tierra y un nuevo marinero descubrirá un nuevo mundo".

España, en el recinto propio, fue preparada para la empresa que López de Gomara calificó como la más grande, luego de la Encarnación del Verbo. ¿Acaso no fue España la que hizo llegar a América la noticia de la Encarnación? ¿Acaso no fue España el instrumento de la gran Teofanía para todo un continente presentido pero ignorado? ¿Y acaso lo importante no es el destino eterno del hombre, su dignidad de hijo de Dios? Si a eso se añade que España sacó a los aborígenes de la infracultura y de la idolatría, de la antropofagia y de los sacrificios humanos, e incluso evitó su extinción por la enfermedad, por el hambre y por las guerras sin fin, acertaremos a comprender la magnitud, en todas sus dimensiones sobrenaturales y temporales, del quehacer de España.

España permaneció en su propio recinto hasta el momento de recibir la fortaleza necesaria; fortaleza que supuso realizar en la Iglesia, con notable anticipación a la de Trento, la reforma que tanto precisaba para que el religioso enviado a América no fuese un sacerdote intelectualmente inculto y moralmente tarado, sino un evangelizador transido de virtudes, dispuesto, para predicar, al aprender los más dispares idiomas indígenas y deseoso, para santificar, de una entrega generosa y sacrificada de la vida.

Los españoles no fueron prófugos o perseguidos en busca de refugio protector, como los famosos peregrinos del Mayflower, sino conquistadores y misioneros optimistas y alegres, que ocupaban la tierra y se mezclaban con los pueblos, contemplando la naturaleza como la realidad redimida a que alude San Pablo, y viendo en la gente los hermanos portadores de valores eternos en trance de salvación. De aquí que en tanto las nuevas fronteras sucesivas, que señalan en Norteamérica la marcha hacia el Pacífico, no cubren hasta los últimos años del siglo XIX la totalidad de su territorio, en Hispanoamérica, poco después de los cincuenta años del Descubrimiento, el continente y las islas estaban culturizados y bautizados. La razón de aquella lentitud y de esta celeridad es evidente. En el primer caso, la frontera la fijaba el interés. En el segundo, el avance lo motivaba el amor. Por eso, no hay más leyes de Indias que las de España. Y por eso también, mientras en los Estados Unidos los escasos aborígenes que sobrevivieron se mantienen en las reservas y se exhiben como piezas de museo, los indígenas pululan por las calles y los campos de Hispanoamérica, mezclados con los mestizos, los descendientes de los criollos y los emigrantes, como un mentís rotunda y visible a la torpe propaganda del genocidio, que aquí, con agravio a la verdad y al quehacer histórico de España, también se defiende, y lo que es aún peor, oficialmente se tolera o respalda.

Decía un dominico español, en la ciudad mejicana de Querétaro: "la obra de España no ha terminado en América." Más aún, yo entiendo que es más urgente que nunca. Porque liberado el mundo sajón de la pesadilla bolchevique, que monopolizaba en parte sus energías y su dinero, lograda la convergencia de fines con el socialismo; y conseguida la integración colaborante de los que se vienen llamando comunistas conversos, el ataque a Hispanoamérica para descastarla, primero, y para dominarla definitivamente, después, va a producirse -se está produciendo- con una fuerza que humanamente hablando parece irresistible.

Descatolizar y deshispanizar a Hispanoamérica implica un plan perfectamente meditado, y que se actualiza en función de las circunstancias y de las exigencias de cada país concreto. Este plan discurre por vías diferentes, aunque todas ellas están impulsadas por idéntico objetivo. Estas vías, a mi modo de ver, son las siguientes:

• Promoción de los movimientos indigenistas, para alzar la bandera de la destrucción por España y por el catolicismo de las culturas precolombinas y de las religiones de sus antepasados.

• La simpatía y ayuda a la llamada teología de 1a liberación, que con habilidad satánica transformó a Camilo Torres y a sus discípulos, de sacerdotes católicos, en guerrilleros de la revolución atea.

• La política estimulante del enfrentamiento militar y, a la vez, del entendimiento subterráneo, que ha hecho posible que en Nicaragua se formara un gobierno que presidía Violeta Chamorro, pero que no podía funcionar sin un Ejército y una política en la que mandaban los hermanos Daniel y Humberto Ortéga, o que en El Salvador todo haya aparentemente concluido con un gobierno en el que confluyen ministros de la guerrilla y ministros del presidente Cristiani.

La amenaza constante de retirar los créditos, como en el caso reciente del Perú, o de ejecutar las deudas usurarias, que reducen a la miseria a los pueblos hispanoamericanos, y que incitan a levantamientos populares, como los que tuvieron lugar en Argentina, han tenido lugar en Venezuela y han hecho necesaria la decisión en Perú de Fujimori.

• La llegada masiva de las sectas protestantes, bien dotadas económicamente, que en Guatemala ya han conseguido que el presidente de la República haya sido de los suyos y que, según dates estadísticos, solamente el 50 por 100 de la población se confiese católica.

• La asunción por los equipos gobernantes de Hispanoamérica de los postulados habilísimos de la revolución cultural gramsciana, que ofrece a los católicos la colaboración en la praxis, y respetando los valores del catolicismo no los arroja a la pira, ni condena a muerte a sus valedores, sino que los declare tan sólo anticuados y anacrónicos, por lo que con admiración deben ser trasladados al archivo.
• El impulso, a través de los medios de comunicación, públicos y privados, a la cuarta revolución, es decir, a la revolución erótica, que impregna al hombre de sexualidad y desplaza hacia la cama, a pesar de la degradación incluso física subsiguiente, toda preocupación por los nobles ideales.

• La propuesta, como fin único de la vida, del hedonismo pagano, que todo lo reduce al goce y a la fruición del bienestar, con trabajo ligero, estómago abastecido, buena salud y casa confortable.

• La prepotencia del orden nuevo, que llevó a los Estados Unidos a apoyar logísticamente a los ingleses en la guerra de las Malvinas, y a invadir Panamá, violando sus fronteras y masacrando a su población, para hacer prisionero al general Noriega y condenarlo fuera de su país por supuestos delitos que cometió en el suyo.

Decían en Méjico una y otra vez: ¡Pobre Méjico, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! Y lo decían desde los catedráticos de Universidad hasta los taxistas. Temen al agresor ideológico, que insistirá machaconamente en que la situación por que atraviesa el mundo hispánico es fruto de su vinculación a España y al catolicismo. Sólo -se dice- alejándose del catolicismo y de España pasará el mundo hispánico de los niveles actuales de pobreza y desequilibrio a los niveles de bienestar y normalidad del mundo anglosajón.

Tal es el panorama de la hora presente. De una parte, el proyecto Europa. De otra parte, la agresión a Hispanoamérica; y España, a la escucha del llamamiento continental europeo y de su vocación ultramarina. Y a aquél y a ésta entendemos que España debe responder con toda su entrega vital.

En actitud de recoger la flecha que cayó en el camino, y ponerla en el arco de nuestra misión universal, como decía Ramiro de Maeztu, dispongámonos ya a ofrecer a Europa las raíces y los valores que han de servirla de cimiento y roca; pero, sin descuidar esta labor, imprescindible, dispongámonos también, con una presencia cada vez más vigorosa en Hispanoamérica, a reafirmar y reforzar las propias identidades de los países que la componen; identidades que sólo en la España materna tienen nacimiento y origen; identidades que deben fortalecer su integración, cada vez más necesaria, para el rechazo de todo tipo de colonización ideológica, moral o económica, y para conservarse fieles a su tradición y a sí mismas.

La pauta a seguir la marcó con certeza el gran pensador: servir a Europa, a la Europa de la razón, del derecho y de la Fe, y constituirnos en el eje espiritual del mundo hispánico.
ARBIL 25


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