LOS SUCESOS DE ROMA (1)

La demagogia, que va caminando por la Europa, como las furias antiguas coronada de serpientes; que va dejando en todas partes en pos de sí manchas rojizas y sangrientas; que ha hollado en París todos los tesoros de la civilización, en Viena toda la majestad del Imperio, en Berlín la cumbre de la filosofía, viéndole estrecho a su ambición tan portentoso teatro, ha levantado su trono y ha asentado su yugo en Roma la santa, la imperial, la pontificia, la eterna.
Allí donde el Vicario de Cristo bendice al mundo y a la ciudad, se levanta arrogante, impía rencorosa, frenética y como poseída de un vértigo, y como tomada del vino, esa democracia insensata y feroz, sin Dios y sin ley, que oprime a la ciudad y que conturba al mundo.
Las colinas de roma han presenciado el tumultuoso desfile de todos aquellos pueblos bárbaros que, ministros de la ira de Dios, antes de sujetar a la tierra, vinieron a saludar respetuosos y sumisos a la reina de las gentes. Atila el bárbaro, el implacable; Alarico el potentísimo, el soberbio, sintieron desfallecer sus bríos, templarse su arrogancia, amansarse su ferocidad, dispararse su cólera y humillarse su soberbia en presencia de la ciudad inmortal y de sus Pontífices santos. Corred del Oriente al Occidente, del Septentrión al Mediodía; abarcad con la memoria todos los tiempos y con los ojos todos los espacios, y en toda la prolongación de los primeros y en toda la inmensidad de los segundos no hallaréis un solo individuo de la especie humana que no reverencie la virtud y que no respete la gloria. Sólo la demagogia ni respeta la virtud, esa gloria del cielo, ni la gloria, esa virtud de las naciones; la demagogia, que, atacando todos los dogmas religiosos, se ha puesto fuera de toda religión; que, atacando todas las leyes humanas y divinas, se ha puesto fuera de toda ley; que atacando simultáneamente a todas las naciones , no tiene patria; que, atacando todos los instintos morales de los hombres, se ha puesto fuera del género humano. La demagogia es una negación absoluta: la negación del gobierno en el orden en el orden político, la negación de la familia en el orden doméstico, la negación de la propiedad en el orden económico, la negación de Dios en el orden religioso, la negación del bien en el orden moral. La demagogia no es un mal, es el mal por excelencia; no es un error, es el error absoluto, no es un crimen cualquiera, es la acepción más terrífica y más lata. Enemiga irreconciliable del género humano, y habiendo venido a las manos con él en la más grande batalla que han visto los hombres y que han presenciado los siglos, el fin de su lucha gigantesca será su propio fin o el fin de los tiempos. (2)
Todas las cosas humanas caminan hoy a su final desenlace con una rapidez milagrosa. El mundo vuela; Dios ha querido darle alas en su vejez, como dio en su vejez hijos a la mujer de la Escritura. Dios le ha puesto las alas con que vuela, y él no sabe a donde va. ¿Adónde iba el pueblo cuando levantó en París sus barricadas de febrero? Iba a la reforma y se encontró en la república. ¿Adónde iba cuando levantó sus barricadas en junio? Iba al socialismo, y se encontró en la dictadura (3). ¿Adónde iba Carlos Alberto cuando descendió con ejército potente a las llanuras lombardas? Iba a Milán y se encontró en Turín. ¿Adónde iba el ejército austríaco cuando salió vencido de Milán? Iba a encumbrar los Alpes y se encontró en Milán. ¿Adónde iban esos pueblos italianos, levantados de su asiento como si obedecieran a una voz imperiosa bajada de las alturas? Iban a vencer a un Imperio vivo y fueron vencidos por él, como los moros por el Cid después de muerto.(4) ¿Adónde van esos esclavos croatas? Van a Viena a defender la democracia esclavona, y se vuelven después de haber levantado al César sobre sus escudos como los antiguos francos(5).

¿Adónde van los magiares, esa raza nobilísima de nobles caballeros? Van a sostener la aristocracia feudal en las aguas del Danubio, y tienden las manos a la demagogia alemana. ¿Adónde van los asesinos de Rossi? Van al Quirinal a robar a un rey una corona, y, sin saberlo, ponen en su sagrada frente una corona más: la corona del martirio.
El mártir santo es hoy más grande, es hoy más fuerte a los ojos atónitos de la Europa que el rey augusto. La demagogia no reinará en el mundo sino en calidad de esclava de Dios y como instrumento de sus designios. ¿Qué importa que ella vaya al Capitolio? ¿Quién es en estos tiempos que llega donde va? ¿Quién es aquel a quien el claro día no se le hace oscura la noche, que le extravía en su camino? Si la Francia fue a la república pensando ir a la reforma; si después fue a la dictadura pensando ir al falansterio; si Carlos Alberto fue a Turín pensando ir a Milán; si Rodetzhy (6) fue a Milán pensando ir a los Alpes, ¿qué mucho que la demagogia romana, pensando ir al Capitolio vaya a la roca Tarpeya?
Los demagogos de nuestros días, habiendo llegado ya al paroxismo de su obediencia, han renovado la guerra de los titanes y pugnan por escalar el Quirinal poniendo cadáver sobre cadáver, como los titanes pugnaron por escalar el cielo poniendo monte sobre monte, Pelión sobre Osa. ¡Vanos intentos! ¡Soberbia vana! ¡Locura insigne! En este duelo del demagogo contra Dios, ¿quién habrá que tema por Dios...si no es acaso demagogo?
Pueblos, escuchad; extraviadas muchedumbres, poned un oído atento y guardaos, porque, al paso que van los crímenes la hora de la expiación está cerca. Ni el mundo en su paciencia, ni Dios en su misericordia pueden sufrir por más tiempo tan horrendas bacanales. Dios no ha puesto a su Vicario en un trono para que caiga en manos de aleves asesinos. El mundo católico no puede consentir que el guardador del dogma, el promulgador de la fe, el Pontífice santo, augusto e infalible, sea el prisionero de las turbas romanas. El día que consintiera el mundo católico tamaño desafuero, el catolicismo habría desaparecido del mundo, y el catolicismo no puede pasar, antes pasarán con estrépito y en tumulto los cielos y la tierra, los astros y los hombres. Dios ha prometido el puerto a la barca del Pescador; i Dios ni el mundo pueden consentir que la demagogia encumbre su seguro y altísimo promontorio. Sin la Iglesia nada es posible sino el caos; sin el Pontífice no hay Iglesia, sin independencia no hay Pontífice. La cuestión, tal como viene planteada por los demagogos de Roma, no es una cuestión política, es una cuestión religiosa; no es una cuestión local, es una cuestión europea; no es una cuestión europea, es una cuestión humana. El mundo no puede consentir, y no consentirá, que la voz del Dios vivo sea el eco de una docena de demagogos del Tíber; que sus sentencias las sentencias de asambleas tumultuosas, independientes y soberanas; que la demagogia romana confisque en su provecho la infalibilidad prometida del Obispo de Roma; que los oráculos demagógicos reemplacen a los oráculos pontificios. No; eso no puede ser, y eso no será, si no es que hemos llegado a aquellos pavorosos días apocalípticos en que un gran imperio anticristiano se extenderá desde el centro hasta los polos de la tierra, en que la Iglesia de Jesucristo sufrirá espantosos desmayos, en que se suspenderá por única vez el sacrificio tremendo, y en que, después de inauditas catástrofes, será necesaria la intervención directa de Dios para poner a salvo su Iglesia, para derrocar al soberbio y para despeñar al impío.
Al punto que han llegado las cosas, una solución radical es urgentísima. Las sociedades no pueden más, y es menester que la demagogia acabe o que la demagogia acabe con las sociedades humanas: o una reacción o la muerte. Dios nos dará en su justicia la primera, para librarnos en su misericordia de la segunda. (7)

(1) En los años que van desde 1.840 en adelante , todos los observadores europeos presentían que se acercaba una terrible tormenta. Ya en 1.831 Víctor Hugo escribía que oía “ el ronco son de la revolución, todavía lejano, en el fondo de la tierra, extendiendo bajo cada reino de Europa, sus galerías subterráneas desde el túnel central de la mina que es París”. En 1.848 estalla la revolución de febrero en París. Cae Luis Felipe e implantación de la segunda República. La revolución se extiende a varias naciones de Europa. Estas conmociones impresionaron profundamente a Donoso que escribió este artículo, que se publicó el día 30 de noviembre en El Heraldo.
(2) Donoso vio que el liberalismo se convertía en demagogia y esto le llevó a reflexionar sobre la esencia del liberalismo.
(3) En junio hubo una nueva revolución, ésta de tipo socialista.
(4) Carlos Alberto consiguió la anexión de Milán al Piamonte y los austríacos fueron derrotados, pero más tarde volvieron sobre Milán, la conquistaron y los italianos tuvieron que replegarse
(5) Los pueblos eslavos se alzaron contra la dominación austro-húngara; pero, tras luchas y pactos, el emperador, que había tenido que huir de Viena, volvió a ella y retiró las concesiones hechas.
(6) Radetzky era el general austríaco gobernador de Milán que después de ser derrotado conquistó Venecia y Lombardía.
(7) El estilo de Donoso, grandilocuente, se ve arrastrado por el ímpetu del sentimiento antirrevolucionario y por la impresión del horror ante la catástrofe.

Inicio Historia de España